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Vidas contadas

La Vanguardia, 9 de octubre de 2006

Autor: Josep Massot

Szenczi y Mañas artistas plásticos

En sus cuadros cada elemento tiene tanta importancia como la relación entre ellos. “Es – dice Mañas – una especie de escritura en la que el espectador puede hacer su recorrido de diferentes maneras”. Los laberintos, las bibliotecas, el mar, las escaleras son algunos de los motivos recurrentes en su iconografía. “Son paisajes emblemáticos donde hay un misterio que desvelar”, dice Mañas. El laberinto, para ellos, es la forma que tiene el cerebro, un espacio que es arquitectónico, el lugar de un viaje iniciático donde suceden cosas, como los pasajes de Walter Benjamin, como las galerías cubiertas de París, donde se acumulan los símbolos que permiten comprender una época, una ciudad o a sus habitantes. Si Mañas se inspira más en el cine y la lectura, Szcenzi lo hace en el mundo de los sueños y de la fantasía.

Hay libros en sus cuadros: “Nacemos muchas veces, tantas como los libros que al leerlos te cambian y eres otro”, comenta Mañas. La luz es para ellos fundamental: explica el cuadro si es fría, evanescente o neutra, prepara lo que va a ver y cómo lo verá el espectador. Y el mar, el inconsciente subterráneo. Peligroso, profundo, dador de vida o muerte. Amarillo si prepara un salto al éxtasis. Azul si es espiritual. Szcenczi y Mañas exponen ahora en la sala Parés.

 

Paisajes de la imaginación

Juan Antonio Mañas y Brigitte Szenczi son una singular pareja artística que se empeña en circular en los espacios literalmente excéntricos de los movimientos o modas de la pintura. Sin voluntad de llevar la contraria a nadie, han actualizado los antiguos emblemas barrocos para proponer escenas pictóricas de contenido filosófico o esotérico en las que no se sabe si es la idea la que conduce a la forma plástica o la forma la que lleva a la idea que quieren mostrar. El tiempo, la ciencia, la memoria, el humor, la sexualidad, los sueños, los mitos, el conocimiento racional o sagrado están en sus paisajes de la imaginación dibujados con realismo preciso y metafísico.

Juan Antonio Mañas y Brigitte Szenczi mantienen su firma individualizada en cada cuadro, pero muestran una similitud casi melliza. Llegar a esa alquimia artística necesitó un raro arabesco biográfico. Brigitte Szenczi nació en Budapest en 1943, de madre francesa y padre húngaro, deportado por los rusos. Su abuelo trabajaba en las minas de carbón del norte de Francia y, cuando estalló la guerra, la única oportunidad de nacionalizarse francés era alistarse en la legión francesa. O marchar a América del Sur. Decidió volver a Hungría, a un pueblo en las afueras de Budapest, donde nació Brigitte, en la zona del frente ruso. Sobrevivieron gracias a los trabajos de comadrona de su abuela. Un día, los militares se llevaron a todos los hombres, dijeron que para construir una cantera. Sólo regresaron dos de ellos. Su padre murió, al parecer de tifus, camino de Timisoara. Ella, con las fronteras a punto de quedar selladas, logró escapar a París gracias a la embajada francesa. Años después se encontró con un amigo del mismo pueblo húngaro: la única memoria que les quedaba eran los relatos de su madre y fotografías antiguas de cuando eran pequeños. Brigitte vivió en París hasta los 26 años y se ganaba la vida como ilustradora de una revista de moda.

Juan Antonio Mañas nació en Madrid, donde dejo Filosofía y Letras para estudiar Artes y Oficios. Conoció a Brigitte en el camping de Los Alfaques y tras vivir en Madrid y París, finalmente se instalaron en Barcelona, donde con su primo crearon la tienda Dos i Una.
Empezaron a finales de los años setenta su trayectoria artística con relieves con motivos de Hollywood, una de las constantes influencias de Mañas, que expuso en la galería Juana Mordó y fue reseñado por Cahiers du Cinéma.

El camino a la pintura fue laborioso: tuvieron que aprender a dominar la técnica del óleo, la mezcla de colores. “Exponer juntos ─ dicen ─ creaba un problema a la galería, así que decidimos elegir un tema y darle una coherencia a la exposición”. A partir de los ochenta trataron el cuento, la infancia, los paisajes de la memoria, y en 1987 el azar intervino decisivamente para dar un nuevo giro a su pintura. Fue cuando conocieron a Ignacio Gómez de Liaño, el filósofo que combina en su heterodoxo pensamiento todas las disciplinas humanas: psicología, antropología, sociología, política, ciencia, estética, arte, su visión del arte de la memoria y los diagramas, la intervención de las facultades cognitivas y sensitivas, la imaginación, la memoria y la sensibilidad, para construir el complejo mundo de cada persona. Bajo su influencia, Szenczi y Mañas expusieron una obra conjunta, la Casa del Abismo, y comenzaron a desarrollar sus imágenes simbólicas, que ellos prefieren llamar emblemas, y no alegorías, “por su acepción moralista, que no tenemos”. “Para nosotros ─ dicen ─ la imaginación es algo que puede reestructurar la psique del espectador. Nuestros cuadros pueden vehicular algo que el espectador tiene dentro de sí, activarlo, darle las llaves para que pueda abrir por si mismo esa puerta que guarda un secreto y el camino a una meta”. Ambos pintores viven en una casa que es también como uno de sus cuadros, un tableau lleno de símbolos, resortes secretos y estanterías repletas de videos de cine y de libros: desde Mircea Eliade hasta el orientalista Henry Corbin, Jung y no Freud, en la que es difícil hallar a un autor no representado. Buscan un platonismo teñido de religiosidad, una mística en la que ─ dice Mañas ─ “todo está vivo y lo particular refleja lo universal, y al revés”. Y Brigitte, consultora del I Ching y atenta a los sueños, lectora del Tao y las textos hinduistas, habla de su preocupación por el Mal: “Si no lo asimilamos lleva a la violencia: la serpiente, si la miras de cara, es menos peligrosa. Bien y Mal son caras de la misma moneda”.