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La Casa del Abismo

Pero la nuestra de ahora no es una de las infinitas casas que la imaginación puede construir, sino la Casa del Abismo.

El crítico e historiador del arte Jaume Vidal Oliveras propuso a Brigitte Szenczi y Juan Antonio Mañas una intervención en la Sala de exposiciones de la Caixa de Manresa, situada en la Plaça de l´Om de dicha ciudad. Los gestores de la sala, el Sr. Jaume Torras y Marcel Sallés, junto con Vidal Oliveras, que pasó a ser el comisario de la muestra, propusieron que la exposición respondiera a una idea, que tuviera un itinerario, para lo que pusieron a disposición de los artistas los medios indispensables para llevar a cabo una exposición-instalación.

Szenczi y Mañas concibieron una obra en la que el espectador fuera pasando por una serie de estancias, en las que cada una tendría un “clima particular”. Cada sala estaría pintada de un color apropiado a su contenido. Y este recorrido había de concluir en una sala más oscura, que debía de albergar la pieza clave de la exposición, aquella en la que concluía el itinerario, el proceso de iniciación al que se iba a invitar al espectador. (Ver al respecto, en la bibliografía de esta web, el artículo de V. Ferrán Martinell, de fecha 16/XII/1999).

Estando Szenczi y Mañas en Madrid de visita en casa de Ignacio Gómez de Liaño, le expusieron el proyecto y sus dudas respecto a cuál debía de ser la obra que concluyera la exposición. Rápidamente Gómez de Liaño concibió una obra. Y, al día siguiente, tenía ya hecho el esquema de lo que iba a ser La Casa del Abismo, tan sólo hacía falta que los artitas tradujeran plásticamente los conceptos allí representados.

De esta colaboración iba a nacer un artefacto, una máquina de pensar, que rememoraba y renovaba las ruedas lulianas y que enlazaba con las obras que Gómez de Liaño había creado en los años 70 (ver al respecto sus diarios, en La red del tiempo, 1972-1977, Ediciones Sidruela, Madrid, 2013).

Con motivo de la exposición se publicó un catálogo con textos Jaume Vidal Oliveras, de Vicenç Altaió (ver en Bibliografía de esta web), y de Ignacio Gómez de Liaño que reproducimos a continuación, en el que expone su concepción de La Casa del Abismo.

 

Catálogo de la exposición

Mañas - El Laberinto de la Representación
1 Si La Casa del Abismo es una casa, ¿cómo se vive en esa casa? ¿Pues qué es una casa sino vida hecha edificio, cuerpo que se exhibe en forma de vivienda? La cocina hace la digestión de los frutos de la tierra que el comedor saborea, comparte, disfruta. El pasillo son las piernas que van de un lado a otro comunicando y combinando los diferentes ambientes de la vida. El salón, con sus cuadros, balcones, espejos y sillones, es un festín para los ojos y los oídos cuando resuena la voz festiva de los amigos en las visitas. Las manos y los ojos pulsan operaciones más sutiles en el estudio, mientras que, al lado, la biblioteca derrama los tesoros de la memoria. Si el cuarto de baño es el ara consagrada a las deidades del tacto y del olfato, en el dormitorio abren sus corolas los jardines del sueño, cuyas raíces excavan los fondos de la conciencia y se nutren de invisibles larvas.

Nada más grato que buscar relaciones entre los espacios de una vivienda y los sentidos corporales, las funciones fisiológicas, las operaciones de la psique, los movimientos de la mente. Bien puede decirse que la imaginación, al efectuar esas operaciones, se siente como en casa.

 

Szenczi - Cronópolis2 Pero la nuestra de ahora no es una de las infinitas casas que la imaginación puede construir, sino La Casa del Abismo. ¿Cómo se vive en La Casa del Abismo? ¿Qué cuerpo se exhibe en ella? No es una casa física, o lo es lo menos posible. Es pura representación, y, por ello, para instalarse en ella hay que transformarse en cuerpo-representación, en espíritu. ¿A cuántos puede alojar La Casa del Abismo? A tantos como la contemplan.

Casa-isla, casa-montaña, casa-zigurat, sus pisos-escalones nos hacen subir hasta el vértice que, como pararrayos, conecta lo más alto con lo más profundo.

Desde el océano que la rodea, el náufrago (¿qué otra cosa es el hombre?) observa la extraña y remota construcción. Chapoteando con el último resto de sus fuerzas, nada hacia ella antes de exhalar el último aliento. Al rodear sus muros, sus ojos enrojecidos ven un cúbico acantilado de letras, de inscripciones, a las que el agua circundante hace espejo. En los nichos -seis por lado- las urnas contienen las cenizas de los grandes fabuladores. Al mirarlas una racha de viento le susurra en el oído aquel “serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado” que entonó Quevedo.

 

3 Homero y Virgilio cantan la peligrosa travesía marina del Hombre, desde la Troya incendiada por las fuerzas cósmicas hasta la Itaca-Roma que se eleva a lo lejos como promontorio del reposo y la concordia. Sófocles dibuja, con Edipo -con los ojos desencajados de Edipo-, las infinitas dimensiones de la ignorancia del que se cree sabio. Cicerón es la palabra persuasiva. Infatigable viajero, almogávar del espíritu, Raimundo Lulio anuncia, con su prodigiosa máquina de las conexiones, La Casa del Abismo, y la sublima en vivienda de amor. Dante en la Divina Comedia y Juan de Mena en el Laberinto de fortuna describen nuevos itinerarios: el uno desde el Infierno y el Purgatorio va al Paraíso, el otro circula por las siete esferas de los cielos. Ríase Erasmo como el que ve que toda la sabiduría del mundo se reduce al chiste de un bufón. Cuánto sabe de esto Cervantes: ¿no es un loco su hidalgo? El taciturno Hamlet y el desengañado Segismundo llevan al náufrago a la presencia de Andrenio y Critilo, el hombre natural y el hombre racional -náufragos también- de “el curso de la vida en un discurso” que trazó Gracián. Goethe alecciona con los años de aprendizaje y las peregrinaciones de Wilhem Meister. Byron, en cambio, muestra al náufrago la estampa del Corsario, mientras que Balzac lo anega con la riada de su Comedia Humana. Qué es el mundo sino una impetuosa Voluntad que no se sacia con las infinitas representaciones que ella misma finge (Schopenhauer). Qué es la vida sino tedio (Baudelaire), aspiración frustrada (Tolstoy), enigma (Poe), el sueño calenturiento de un idiota (Dostoiewsky), una pesadilla hecha de razón y locura (Carroll). El Hombre sin atributos, de Musil, lleva adelante su vida como el que verifica una hipótesis. Y el náufrago fija, al fin, su mirada en los nichos de Murasaki y de Proust. El tiempo se desvanece y se recobra.

 

Croquis de La Casa del Abismo4 El náufrago escala el muro. Sus nichos le sirven de punto de apoyo. Cuando, al fin, logra sostenerse sobre sus plantas y mantenerse en equilibrio, cuatro filósofos, con sus respectivas comitivas, lo reciben. Son los porteros de La Casa del Abismo. Rondan al náufrago como si fuesen las cuatro estaciones del año nuevo que se inicia. El primero y el último en el tiempo es Nietzsche. Con la Inteligencia y la Memoria del hombre Comprensivo, se esfuerza en enseñarle la Reintegración de la personalidad a fin de que se eleve a un nuevo plano del Espíritu. “Sube hasta el principio”, le dice.

Al remontar los tiempos, el náufrago ve a su lado al ardiente Bruno.

Con el Impulso que éste le infunde, emprende la Recuperación de cuanto creía haber perdido. Para ello se sirve de la Confianza sin la que no podrían existir ni el Amante ni el Amigo.

Bruno deja al náufrago en las manos de Séneca, cuya Luz atiende, sobre todo, al Resultado. Su grupo lo forman el Compañero, la Lealtad y la Sabiduría. “Sin la lealtad y la sabiduría, ¿a quién se le podría llamar compañero?”, se pregunta en voz baja el náufrago.

Por último, Platón le muestra el icono de la Bondad y le dirige palabras llenas de mesura que enseñan la trascendencia del Límite. “Sólo así te será útil la Idea, y podrá florecer el amor en el Amado y la solidaridad en el hombre Comunitario. Sube un peldaño más”.

El náufrago deja a su espalda el zaguán. Los Cuatro Iluminadores filosóficos y sus Doce acompañantes se retiran para seguir el incesante curso de sus rondas.

 

5 Ya en la segunda planta, el náufrago se echa a descansar. Es como el que se tumba en el sofá de un salón, mientras espera que lo llamen para ir al comedor. Observa que el salón es una construcción circular y giratoria. “No conviene engañarse -se dice-, son los giros de la mente y el mundo, pues ¿qué sería la mente sin el mundo, o el mundo sin la mente? ¿Qué serían la una y cl otro si no se pudiesen combinar?”

Echado como está, se halla sumido en la Inmovilidad, pero su inmovilidad es, también, Participación de todo. Paladea con Delectación la situación de singular Originalidad en que se halla, y al aspirar a la Indestructibilidad se da cuenta de que tan feliz estado sólo es posible mediante la Unificación. Así concilia la Composición y la Simplicidad, y aprende que sin ésta aquélla es imposible, de la misma manera que sin la primera la segunda es inaprehensible.

 

La Casa del Abismo6 Todas estas figuras y conceptos giran -maravillosamente representadas-, dan vueltas y vueltas, hacen y deshacen conexiones con los Cuatro Iluminadores y sus comitivas. El salón y el zaguán se entretejen dando lugar a las composiciones más sugerentes. Platón y su comitiva de Amado, Idea, Comunitario, al igual que los otros Iluminadores y sus respectivos séquitos, se combinan con Simplicidad, Composición, Indestructibilidad, Unificación, Originalidad, Delectación, Inmovilidad, Participación. Y todas estas potencias y eones de la racionalidad se entrelazan, también, con los moradores de la planta superior. Estos últimos forman parejas que pasan la vida danzando sin descanso. La rueda así sigue su curso y hace girar estancias flanqueadas por pirámides, que ofrecen los más variados alimentos. Es el comedor, y por sus ventanales se introducen paisajes que nutren al entendimiento.

Exposción La Casa del Abismo

 

7 Los grandes eones danzantes huellan los vicios con sus pies y tienen a su cargo una animalidad que trascienden y subliman. Hombre y Comunidad forman la primera cópula; son el aperitivo del banquete. No podía ser de otro modo, pues el náufrago es, al fin, Hombre de verdad y, por ello, también es Comunidad. Superado todo resto de estupor, curado por la virtud de la serpiente, pasa a integrarse en el connubio del Verbo y la Vida, ya que el uno no puede darse sin la otra, ni la otra sin el uno. Al terminar este primer plato, supera todo temor y, como el pez, nada teme de las altas profundidades. El Intelecto y la Verdad lo reciben en su estancia, donde la danza leonina borra toda tristeza. Ingerido el segundo plato, todo se hace manifiesto. En su ascensión de águila, con la ira transformada en furor divino, su Pensamiento es ya Felicidad. “Es el postre”, se dice. “¿Y ahora?”.

 

8 Ahora está en el estudio y tiene a su disposición una maravillosa biblioteca. Como si fuera la digestión de lo leído y aprendido, ejecuta las más variadas complexiones.

“El límite de la inmovilidad es la vida.”
“El resultado de la indestructibilidad es la verdad.”
“La recuperación de la delectación es el verbo.”
“La reintegración de la composición es el hombre.”
“La luz de Séneca es la simplicidad del pensamiento.”
“El resultado de la luz de Séneca es la participación de la vida.”
“El resultado de la luz de Séneca es la delectación de la verdad.”
“El impulso de Bruno unifica el intelecto.”
“La recuperación de Bruno compone al hombre.”
“El espíritu reintegrador de Nietzsche es la participación de la felicidad”
“El espíritu de Nietzsche es la simplicidad del verbo.”
“La bondad de Platón pone límites a la originalidad con el pensamiento.”
“El límite que enseña Platón es la composición de la comunidad.”

Las complexiones se multiplican al recoger y variar las inagotables riquezas de los diferentes estratos. Transformadas en las más bellas escenas y figuras, caen sobre el náufrago como el agua dulce y purificadora de una cascada. Convertido en luminoso ser de entendimiento, asciende -centrado, concentrado- por la columna que lo lleva al punto.

 

Exposción La Casa del Abismo 9 La Casa del Abismo es ese centro, el pilar que sostiene a la montaña umbilical (el Tabor, el Garizín, el Kailas, el Parnaso, el Randa), desde cuya cima los náufragos del mundo abarcan horizontes sin fin.
Montaña que se ha de escalar, como los templos mandálicos de Gyantsé (el Tíbet) y de Borobudur (Java)’, al llegar a la cima hay que realizar, según aconsejaba Poe en Eureka, un rápido movimiento giratorio sobre los talones a fin de «abarcar el panorama en lo sublime de su unidad».

Con estas palabras Poe nos deja a los pies de Raimundo Lulio, que en el trasfondo de la realidad vio un juego de ruedas giratorias divididas en compartimentos que alojan conceptos y que se combinan entre sí para originar infinitas complexiones. Se dice que el secreto de su Arte lo obtuvo, en 1247, durante su retiro en el Monte Randa, que está en el centro de Mallorca. Fue entonces cuando el Omnisapiente le reveló la forma del Ars magna. Quien haya subido al Randa entiende la visión de Lulio, pues esa montaña se eleva, solitaria, sobre una vasta llanura, de modo que el mundo se le ofrece al vidente en la forma de inmensos cercos concéntricos.
Las infinitas producciones de la Naturaleza se sedimentan en ruedas de radios diferentes, según sea la distancia; ruedas que, al girar, combinan entre sí todo cuanto abarcan.

 

Exposción La Casa del Abismo10 Y giran y giran, hasta que llega el momento en que, como los colores que se disuelven en el blanco cuando se hace girar un disco que contiene el espectro cromático, las diferencias se borran o, por mejor decir, son transferidas a otro plano. Es el plano de la distracción, ya que los estados de distracción superan la dualidades, las multiplicidades, resuelven lo plural en la unidad indiferenciada. Ese estado lo expresa muy bien la antigua figura del Espinario. En un texto, de 1973, que titulé «Distracciones y especulaciones nolanas», lo dije con estas palabras:

«Hay un jardín de frágiles paredes vegetales que es un laberinto y que está en una isla. Por arriba el aire, por los costados el agua, debajo tierra. Hay también un niño que se entretiene recorriéndolo. Lo llamaron jardín de las diversiones, pues la ocupación del niño era divertirse en él, hacer con los pies las diferentes versiones del laberinto. La ocurrencia fue que se clavó una espina en la planta del pie, y esa ocurrencia le hizo levantar el pie del suelo -escritura de la tierra- y, distraído de todo, plegar su cuerpo, y poner sus ojos y sus dedos en el punto de la espina».

Es el punto culminante de La Casa del Abismo, del abismo que se abre cuando el juego de las combinaciones adquiere, al fin, la velocidad infinita del principio que todo lo resuelve en un punto de pura conexión.

Autor: Ignacio Gómez de Liaño